sábado, 24 de agosto de 2024

Caperucita Roja

 

Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja, la cual ella llevaba tan a menudo que todo el mundo la llamaba Caperucita Roja. Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuela, que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese por el camino ni hablara con extraños, pues cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre andaba acechando por allí el lobo feroz.

Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas, los conejos. De repente, vio al lobo, que era enorme, delante de ella.

—¿A dónde vas, niña? —le preguntó el lobo con su voz ronca.

—A casa de mi abuelita —le dijo Caperucita.

—No está lejos —pensó el lobo para sí—, dándose media vuelta. Caperucita puso sus cestita en la hierba y se entretuvo cogiendo flores.

—El lobo se ha ido —pensó—. No tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores, además de los pasteles.

Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita. Un cazador que pasaba por allí había observado la llegada del lobo. El lobo escondió a la abuelita dentro del armario, se puso el gorro rosa de la anciana, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita Roja llegó enseguida, toda contenta.

La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba un poco cambiada.

—Abuelita, abuelita, ¿qué ojos más grandes tienes? —preguntó.

—Son para verte mejor —le dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela.

—Abuelita, abuelita, ¿qué orejas más grandes tienes? —siguió diciendo la niña.

—Son para oírte mejor —contestó el lobo.

—Abuelita, abuelita, ¿qué dientes más grandes tienes? —preguntó Caperucita.

—Son para comerte mejor —dijo el lobo malvado, y se abalanzó sobre la niñita.

Mientras tanto, el cazador, preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la abuelita. Pidió ayuda a un leñador y los dos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo a punto de comer a Caperucita. El cazador asustó y echó de la casa al lobo para defender a la pequeña niña.

En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección. Prometió a su abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su abuelita y de su mamá.


 

Los Tres Cerditos

 

Había una vez tres hermanos cerditos que vivían en el bosque. Como el malvado lobo siempre los estaba persiguiendo para comérselos, un día el mayor dijo:

—Tenemos que hacer una casa para protegernos del lobo. Así podremos escondernos dentro de ella cada vez que el lobo aparezca por aquí.

A los otros dos les pareció muy buena idea, pero no se ponían de acuerdo respecto a qué material utilizar. Al final, y para no discutir, decidieron que cada uno la hiciera de lo que quisiese. El más pequeño optó por utilizar paja para no tardar mucho y poder irse a jugar después. El mediano prefirió construir la casa de madera, que era más resistente que la paja y tampoco le llevaría mucho tiempo hacerla. Pero el mayor pensó que, aunque tardaría más que sus hermanos, lo mejor era hacer una casa resistente y fuerte con ladrillos. Además, así podría hacer una chimenea con la que calentarme en invierno, pensó el cerdito.

Cuando los tres acabaron sus casas, se metieron cada uno en la suya y entonces apareció el malvado lobo. Se dirigió a la casa de paja y llamó a la puerta:

—¡Cerdito, cerdito, déjame entrar!

—¡De ninguna manera! —respondió el cerdito—. ¡No podrás entrar porque soplaré y soplaré hasta derribar tu casa!

Y el lobo empezó a soplar y estornudar. La casita de paja acabó viniéndose abajo, pero el cerdito echó a correr y se refugió en la casa de su hermano mediano, que estaba hecha de madera.

—¡Anda, cerdito, déjame entrar!

—¡De ninguna manera! —dijeron los dos cerditos—. ¡No podrás entrar porque soplaré y soplaré hasta derribar tu casa!

El lobo empezó a soplar y estornudar. Aunque esta vez tuvo que hacer más esfuerzos para derribar la casa, al final la madera acabó cediendo, y los cerditos salieron corriendo en dirección hacia la casa de su hermano mayor.

El lobo estaba cada vez más hambriento, así que sopló y sopló con todas sus fuerzas. Pero la casa de ladrillos no se movía. El lobo intentó entrar por la chimenea, pero los cerditos le oyeron y, para darle su merecido, llenaron la chimenea de leña y pusieron al fuego un gran caldero con agua.

Así, cuando el lobo cayó por la chimenea, el agua estaba hirviendo y se pegó tal quemadura que salió gritando de la casa y no volvió a comer cerditos en una larga temporada.


 

El Patito Feo

 

En una pequeña granja vivía una adorable familia de patos. Mamá Pato estaba sentada en sus huevos esperando a que sus nuevos patitos nacieran. Había exactamente siete huevos que estaban listos para nacer.

Y en una linda mañana, los huevos comenzaron a abrirse. Poco después, con gran alegría, los seis pequeños patitos comenzaron a nacer. Los patitos estaban tratando de adaptarse al nuevo mundo. Estaban nadando y caminando hacia mamá Pato. Sin embargo, el huevo más grande de todos aún estaba tratando de abrirse, y mamá Pato comenzó a preocuparse. Pensó que algo podría estar mal y decidió esperar un poco más.

Finalmente, el séptimo y más grande huevo se abrió. Con gran confusión, el pobre patito comenzó a mirar alrededor. Poco sabía que su madre y sus hermanos estaban aún más confundidos, ya que este pato en particular no se parecía en nada a sus hermanos. Tenía un cuerpo mucho más ancho y plumas grises y blancas. Los otros patitos comenzaron a reírse:

—¡Qué patito tan feo eres! No te pareces nada a nosotros. No lo entiendo, ¿cómo es que no te ves como tus hermanos?

Algún tiempo después, el patito creció, pero el patito feo era mucho más grande que el resto. Incluso su color de plumas era distinto.

—¿Cómo creciste tan rápido? ¿Cómo terminaste siendo tan distinto? —preguntaban.

El tiempo pasaba y el patito feo crecía siendo un patito diferente y triste. Ninguno de sus hermanos quería jugar con él.

—No jugaremos contigo porque eres feo —decían.

Todos los otros animales en la granja se burlaban de él:

—¡Patito feo! ¡Patito feo!

Mamá Pato, por otro lado, hacía lo que podía para protegerlo.

—Mi pobre patito, ¿por qué eres tan diferente a los demás? —se preguntaba.

A medida que pasaban los días, el patito feo se sentía peor. Durante toda la noche lloraba en silencio y pensaba que nadie lo quería.

—¿Por qué soy tan feo? ¿Por qué no puedo ser como mis hermanos? —se preguntaba.

Un día, algunos cazadores se acercaron al lago cerca de donde vivían. Los cazadores comenzaron a cazar a los patos. Mientras mamá Pato buscaba alimento para sus patitos, los cazadores atraparon al pobre patito feo. Sin saber qué había estado pasando, esperó hasta la mañana para que su madre regresara.

El pobre patito feo no sabía qué hacer. Primero fue al lado del perro y el perro le dijo que se fuera:

—Vete, nadie debe verme hablando con un pato tan feo.

Un rato después, fue al lado de la gallina, pero ella también se burló de él.

—¡Incluso yo soy más guapa que tú! —dijo la gallina.

El patito solo estaba muy triste:

—Nadie me quiere aquí. No regreso. No hay absolutamente ninguna razón para quedarme en esta granja.

Esa mañana, el patito feo salió de la granja, nadó al otro lado del lago y le hizo la misma pregunta a todos los animales con los que se cruzó en el camino:

—¿Conoces algún pato que se vea como yo? ¿Conoces algún pato que se vea como yo? ¿Conoces algún pato que se vea como yo?

Recibió la misma respuesta de todos ellos: nunca antes habían visto un pato como él. El pobre patito comenzó su viaje y llegó a otro lago. Una vez que estuvo allí, le hizo la misma pregunta a los gansos.

—No debes quedarte aquí. Hay cazadores por aquí. Rápidamente aléjate de aquí —le dijeron.

El patito feo se fue en su camino. Poco después, llegó a otro lago. Esta vez estaba solo; no había nadie a la vista.

—Si nadie me quiere, me esconderé aquí para siempre —pensó.

Pasaron los meses. Aunque estaba solo, estaba muy, muy feliz. Un día vio una horda de pájaros blancos de cuello largo que miraban hacia el sur. Los miró con admiración.

—¡Qué hermosos son! Ojalá pudiera ser como ellos.

El invierno había llegado y la nieve comenzaba a caer. El patito feo se enamoró del lugar en su primer nevada. Jugueteando, quedó cubierto de nieve blanca. Debido a la fuerte nevada, el patito feo estaba teniendo dificultades para encontrar comida, así que emprendió camino tratando de encontrar algo para comer. Tenía frío y estaba cansado.

Mientras tanto, se encontró con un granjero. El granjero sintió pena por él y lo envolvió con su chaqueta.

—Pobrecito, estás helado. Te llevaré a casa y te cuidaré hasta que crezcas —dijo el granjero.

El granjero hizo lo que prometió y cuidó de él. Cuando llegó la primavera, el patito feo había crecido mucho. Para que tuviera espacio libre para moverse, el granjero decidió dejarlo una vez más solo. Después de pasar un tiempo, el patito feo miró su reflejo en el agua. Se sorprendió de lo que vio. Al principio no pudo reconocerse a sí mismo y pensó que había alguien más detrás de él. Entonces movió las alas y su reflejo siguió copiando sus movimientos. En ese momento, supo que ese increíble pájaro no era ni más ni menos que él mismo.

—¡Cuando he cambiado! ¡Me parezco a los pájaros en el cielo! Debo volver a casa y mostrarme de inmediato —pensó.

Mientras se dirigía al lago, se topó con un grupo de cisnes.

El patito feo viajaba felizmente con los cisnes. Un chico en la orilla del lago le gritó a sus amigos cuando vio a los cisnes:

—¡Oye, mira! ¡El joven que va al final debe ser el cisne más bello que he visto!

Sí, desde el inicio él en verdad era un cisne, solo que fue un huevo desafortunado que se mezcló entre los patitos. Pero ahora estaba con su verdadera familia y frente a él se abría una nueva vida.


 

Caperucita Roja

  Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja, la cual ella llevaba tan a menudo que todo el mundo la llamaba C...