sábado, 24 de agosto de 2024

El Patito Feo

 

En una pequeña granja vivía una adorable familia de patos. Mamá Pato estaba sentada en sus huevos esperando a que sus nuevos patitos nacieran. Había exactamente siete huevos que estaban listos para nacer.

Y en una linda mañana, los huevos comenzaron a abrirse. Poco después, con gran alegría, los seis pequeños patitos comenzaron a nacer. Los patitos estaban tratando de adaptarse al nuevo mundo. Estaban nadando y caminando hacia mamá Pato. Sin embargo, el huevo más grande de todos aún estaba tratando de abrirse, y mamá Pato comenzó a preocuparse. Pensó que algo podría estar mal y decidió esperar un poco más.

Finalmente, el séptimo y más grande huevo se abrió. Con gran confusión, el pobre patito comenzó a mirar alrededor. Poco sabía que su madre y sus hermanos estaban aún más confundidos, ya que este pato en particular no se parecía en nada a sus hermanos. Tenía un cuerpo mucho más ancho y plumas grises y blancas. Los otros patitos comenzaron a reírse:

—¡Qué patito tan feo eres! No te pareces nada a nosotros. No lo entiendo, ¿cómo es que no te ves como tus hermanos?

Algún tiempo después, el patito creció, pero el patito feo era mucho más grande que el resto. Incluso su color de plumas era distinto.

—¿Cómo creciste tan rápido? ¿Cómo terminaste siendo tan distinto? —preguntaban.

El tiempo pasaba y el patito feo crecía siendo un patito diferente y triste. Ninguno de sus hermanos quería jugar con él.

—No jugaremos contigo porque eres feo —decían.

Todos los otros animales en la granja se burlaban de él:

—¡Patito feo! ¡Patito feo!

Mamá Pato, por otro lado, hacía lo que podía para protegerlo.

—Mi pobre patito, ¿por qué eres tan diferente a los demás? —se preguntaba.

A medida que pasaban los días, el patito feo se sentía peor. Durante toda la noche lloraba en silencio y pensaba que nadie lo quería.

—¿Por qué soy tan feo? ¿Por qué no puedo ser como mis hermanos? —se preguntaba.

Un día, algunos cazadores se acercaron al lago cerca de donde vivían. Los cazadores comenzaron a cazar a los patos. Mientras mamá Pato buscaba alimento para sus patitos, los cazadores atraparon al pobre patito feo. Sin saber qué había estado pasando, esperó hasta la mañana para que su madre regresara.

El pobre patito feo no sabía qué hacer. Primero fue al lado del perro y el perro le dijo que se fuera:

—Vete, nadie debe verme hablando con un pato tan feo.

Un rato después, fue al lado de la gallina, pero ella también se burló de él.

—¡Incluso yo soy más guapa que tú! —dijo la gallina.

El patito solo estaba muy triste:

—Nadie me quiere aquí. No regreso. No hay absolutamente ninguna razón para quedarme en esta granja.

Esa mañana, el patito feo salió de la granja, nadó al otro lado del lago y le hizo la misma pregunta a todos los animales con los que se cruzó en el camino:

—¿Conoces algún pato que se vea como yo? ¿Conoces algún pato que se vea como yo? ¿Conoces algún pato que se vea como yo?

Recibió la misma respuesta de todos ellos: nunca antes habían visto un pato como él. El pobre patito comenzó su viaje y llegó a otro lago. Una vez que estuvo allí, le hizo la misma pregunta a los gansos.

—No debes quedarte aquí. Hay cazadores por aquí. Rápidamente aléjate de aquí —le dijeron.

El patito feo se fue en su camino. Poco después, llegó a otro lago. Esta vez estaba solo; no había nadie a la vista.

—Si nadie me quiere, me esconderé aquí para siempre —pensó.

Pasaron los meses. Aunque estaba solo, estaba muy, muy feliz. Un día vio una horda de pájaros blancos de cuello largo que miraban hacia el sur. Los miró con admiración.

—¡Qué hermosos son! Ojalá pudiera ser como ellos.

El invierno había llegado y la nieve comenzaba a caer. El patito feo se enamoró del lugar en su primer nevada. Jugueteando, quedó cubierto de nieve blanca. Debido a la fuerte nevada, el patito feo estaba teniendo dificultades para encontrar comida, así que emprendió camino tratando de encontrar algo para comer. Tenía frío y estaba cansado.

Mientras tanto, se encontró con un granjero. El granjero sintió pena por él y lo envolvió con su chaqueta.

—Pobrecito, estás helado. Te llevaré a casa y te cuidaré hasta que crezcas —dijo el granjero.

El granjero hizo lo que prometió y cuidó de él. Cuando llegó la primavera, el patito feo había crecido mucho. Para que tuviera espacio libre para moverse, el granjero decidió dejarlo una vez más solo. Después de pasar un tiempo, el patito feo miró su reflejo en el agua. Se sorprendió de lo que vio. Al principio no pudo reconocerse a sí mismo y pensó que había alguien más detrás de él. Entonces movió las alas y su reflejo siguió copiando sus movimientos. En ese momento, supo que ese increíble pájaro no era ni más ni menos que él mismo.

—¡Cuando he cambiado! ¡Me parezco a los pájaros en el cielo! Debo volver a casa y mostrarme de inmediato —pensó.

Mientras se dirigía al lago, se topó con un grupo de cisnes.

El patito feo viajaba felizmente con los cisnes. Un chico en la orilla del lago le gritó a sus amigos cuando vio a los cisnes:

—¡Oye, mira! ¡El joven que va al final debe ser el cisne más bello que he visto!

Sí, desde el inicio él en verdad era un cisne, solo que fue un huevo desafortunado que se mezcló entre los patitos. Pero ahora estaba con su verdadera familia y frente a él se abría una nueva vida.


 

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